Árbol Gordo Editores

miércoles, 24 de julio de 2019

Esquelas (fragmento)

El chico que durmió conmigo anoche
me pegó mientras cogíamos
y me acordé de vos.
Tampoco me pidió disculpas.
También habrá creído que me gustaba.
O que me hacía sentir más macho.
O todo junto,
qué se yo.
Me desparramó
los dedos en la cara,
puso la lengua entre los dientes y un hilo de baba
le colgó de la punta de la carne que arrimaba
entre las perlas de calcio.
No sé si me gustó,
pero no hice nada.
Pocas veces me atreví a hacer algo
con los golpes que me dieron
los varones que me encimaban,
para cogerme
o corregirme.



martes, 14 de mayo de 2019

Caerse muerta



Podría construir una casa con todo el barro que pisé y aún así, no tenía dónde caerme muerta. Para la gente, la gente común y corriente, tener una casa es muy importante. Las personas como yo no piensan en comprarse casas, antes que nada porque sabemos que jamás podríamos, pero un poco también porque sentimos que las casas asfixian. Sucede que nuestras primeras casas, suelen ser cárceles.

Delgada línea entre plan B y deseo consuelo, las personas como yo comenzamos a soñar con viajar. Viajar mucho, siempre yéndonos, como negando la redondez del mundo y navegando al este en línea recta, para abrazarnos con el sol que viene de frente como se abrazan los amantes que corren a encontrarse después de una pausa. Andando como si con andar, alcanzara para ser libre. Acumulando inexorablemente souvenirs de todo lo que en el camino va atravesándonos, como atraviesa el mediodía las cortinas finitas de las ventanas de barrio, como atraviesan los gritos las paredes de las casas de las vecinas que suben el volumen del televisor mientras otra se muere en el departamento de al lado.

Viajamos, andamos, pero al fin del día acabamos sintiendo alguna angustia por todas las cosas que vamos juntando por el camino. La mochila empieza a pesar cada vez más, y es como si a una le pesara la vida. Ahí es cuando regresa el deseo, siempre intermitente, de habitar un nido. Late poderoso, murmura al oído las bondades del refugio, acaso hace trampa y nos obliga a cerrar los ojos y recordar la canción de la lluvia sobre la chapa o el sonido de la escoba contra las baldosas irregulares de un patiecito lleno de macetas. Regresa a nuestros pensamientos como regresan cada verano las garzas a bañarse en los ríos de los fondos de las casas que hay por allá, de donde yo vengo, y despierta la voluntad de la quietud, ese stop necesario en cada escape nómade.

Pienso en las primeras comunidades sedentarias, en dos mujeres lavándose en el río y admirando los frutales. Una mujer le dice a la otra aquí tenemos todo lo que necesitamos, sin sospechar que aún así, las hijas de las nietas de sus nietas decidirán partir de todos modos, porque de qué sirve la fruta si el estómago es un páramo. De qué sirve el río, si no puede lavarle las penas a todas las que en él se bañan. 

Por favor, que alguien me explique por qué cuesta tanto caerse muerta.