Árbol Gordo Editores

martes, 17 de julio de 2018

Ya soñé que era un pez



Dejé la persiana en rendijas y a las seis menos diez, el cuarto se puso sepia mientras el sol se moría en el techo del vecino de enfrente.

Todos estos días junté un montón de cosas para contarte, pero después no escribí nada. De qué sirve desparramar sobre la pantalla todo esto, si ya no te importa.

Los bits no sienten nada, y hace tiempo que no somos más que bits y a lo mejor una voz triste en un mensaje de audio, el video de tu dormitorio adentro de mi dormitorio, una excusa cada vez más diminuta, picomorfa, subatómica, minusistente, para una foto.

Pero nada más.

¿Sabías que en Texas hay una ciudad que se llama "Tierra"?

Tantas cosas para contarte junté, que empecé a preguntarme por qué quería contártelas todas a vos. ¿De qué podría servirte saber, por ejemplo, que existe un parásito que se come la lengua de los peces y se queda a vivir en sus bocas para siempre?

Y sin embargo, ahí están los parásitos, comiéndose la lengua de los peces y todo aquello me horroriza. Ya soñé que era un pez.

Quiero contarte cualquier cosa, con tal de saber que me estás oyendo. O leyéndome. O bitmirándome.

Sucede que cuando me oís, o me leés o me bitmirás, me hacés sentir que no estoy errado, que al fin y al cabo no somos más que un montón de infancias en pausa. jugando a ser adultos por primera y última vez, sin ensayo y con un libro lleno de reglas hechas de plastilina.

Me hacés sentir que seguir jugando, a veces, salva.

Una señora pasó ayer por la vereda de casa, hablando por teléfono enojada, intentando consolar a una amiga del grupo de las mamis de whatsapp que lloraba por el marido. Acá todos se enteran de todo, viste. Y esta señora, la que pasaba por la vereda de casa, le decía que no llore, que la gente que juega con los sentimientos ajenos es la primera en arder en el infierno.

Quise decirle que el consuelo no existe y que el infierno tampoco, pero ahora no estoy tan seguro.

Creo que el consuelo no existe, porque para mí, el dolor es como un trapo de piso que alguien escurre con todas sus fuerzas. O más bien, el dolor se parece al momento en el que del trapo ya no cae ni una gota, pero los brazos no dejan de apretar y retorcer.

Y nadie puede meter sus brazos en nuestros estómagos y dejar de retorcer el trapo, por más palabras bonitas que nos diga cuando ya no soporte vernos llorar. Porque es por eso que a uno vienen a pedirle que no llore, o a decirle cosas bonitas cuando anda oscuro y con los ojos vueltos cristal de colectivo cascoteado. Porque no soportan el llanto ajeno.

Si acaso existe el consuelo, en todo caso será el que cada quien se da para sí; el comprender, antes tarde que jamás, que los brazos que escurren el trapo de piso siempre fueron nuestros.

Y del infierno te cuento en la próxima esquela, porque aún no lo he recorrido todo.

lunes, 16 de julio de 2018

El día que dejé de creerte



El día que dejé de creerte fue el día más triste de todos, porque ese día te me moriste un poco. Te me moriste en los brazos, que ya no te abrazaron nunca más.

Y antes de dejar de creerte, hubo un día que me permití la duda. Cómo te enojaste, ese día. Te enojaste tanto, que algo adentro mío se hizo chiquito. Te enojaste tanto que bajé la voz y te dejé escupir la furia de entre los labios y después hicimos silencio.

Vos esperabas mi fuego, y en cambio, te dije bajito: no te preocupes. Somos amigos. Me podés contar.

Y me contaste.

Me dijiste: es cierto, te mentí un poco.

Yo no me enojé, por eso celebramos. Cuánto hemos madurado, dijimos, embriagados por la complicidad que creíamos haber parido aquel lunes.

Después pasaron los días. Yo tomaba café y escribía canciones en el único bar que hay en Pampa del Infierno, mientras vos veías caer la noche a veinte kilómetros de Caparica.

Me decías que eras feliz y yo anotaba tus sonrisas en mi libreta y buscaba en las cuerdas, la música de esa carcajada tuya que cada día escuchaba un poco menos.

Yo me reía todavía, pero ocurre que a veces es más contagioso el silencio que la carcajada, y pronto acabamos teniendo conversaciones serias, de esas que dan ganas de colgar el teléfono y pensar en cosas más felices.

Nosotros nos queríamos demasiado como para dejarnos ir, y nos dolían cada vez más los brazos de tanto abrazarnos, mientras nuestras piernas y nuestros días y nuestros corazones se alejaban por caminos diferentes.

No nos hacía bien ese abrazo, que nunca empezaba, porque estabas lejos, y porque estabas lejos, tampoco acababa jamás.

Nuestras piernas seguían andando, se iban. Nuestros cuerpos se despedazaban en slow motion. Y vos y yo nos mirábamos a través de la cámara que nos hacía pensar que estábamos cerca, buscándonos en la mirada del otro, como un holograma negado, como el fantasma de alguien que no sabe que ha muerto.

Ahora lamento un poco haberme fijado tanto en tus gestos el día que me permití la duda y acabaste confesando la mentira.

Lamento haberme quedado viendo la forma de tu rostro mientras mentías, inclusive antes de confirmar de tus labios la ficción que me contabas.

Lamento haberme reencontrado con ese rostro el día que dejé de creerte.

El día que te me moriste en los brazos.

El día que los monstruos me ayudaron a entender la monstruosidad de una ficción estéril, disfrazada de abrazo, que nos despedazaba en secreto.