Árbol Gordo Editores

miércoles, 5 de octubre de 2011

Las Calles

Una vez, hace como treinta años, unos señores gordos y con bigote compraron un montón de campos al norte de Córdoba. Como los terrenos eran vírgenes de casas y niños, un gobernador bonachón decidió convertir los campos en un pueblo pequeño, mandó a construir calles y le pidió a los señores gordos y con bigote que les pusieran nombres.

Enseguida comenzaron las peleas entre los vecinos: algunos aseguraban que las calles debían tener nombres de animales de la zona, otros, en cambio, se ofendieron cuando nadie aceptó ponerles nombres de actores famosos. Nadie quería vivir, por ejemplo, en Robert De Niro al 800, ni en la esquina de Susan Sarandon y Antonio Gasalla.

Desde atrás de una maceta, Gabriela y su perro con rueditas miraban a los hombres pelear en medio de la plaza. Como Gabriela era muy valiente, se acercó a uno de ellos y con voz muy suave, le sugirió:

-¿Y si les ponemos a las calles nombres de mascota? ¿No sería divertido?

El hombre, muy gordo y con mucho bigote, la miró casi con desprecio. ¿Qué sabía una niña sobre nombres de calles y fundaciones de pueblos? Le dio a Gabriela un empujón, y le dijo que fuera a jugar con su perro con rueditas a otra parte.

-Vamos, Mariano Moreno, acá nadie nos escucha-, le dijo la nena al perro, y se alejaron en dirección a la tarde.

Los vecinos deliberaron toda la noche, hicieron sorteos, tomaron café y pensaron mucho.

Por la mañana, un representante, el más gordo y bigotudo de todos, comunicó al gobernador que, tras una ardua jornada de debate, habían decidido ponerle a las calles nombres de plantas autóctonas.

Satisfecho, inmune a la poca imaginación de sus coprovincianos, el gobernador mandó a construir carteles y ponerlos en todas las esquinas. Orgullosos, los vecinos se pasaban las direcciones de sus casas: Tinticaco al 456, o Alpataco esquina Chañar, o Chachiyuyo al 340, entre Yerba del Ciervo y Algarrobo.

Esa noche festejaron con vino y, ya borrachos, fueron a dormir contentos por los nombres que les habían puesto a sus calles.

-Hola, ¿alguien me escucha?-, dijo una voz suavecita.

-¿Quién es?-, preguntó otra voz, grave y ancha.

-Soy la calle Chañar. ¿Vos?

-Soy la Avenida Cardonales.

-¡Pero qué nombres más feos que nos han puesto!-, dijo una tercera voz, la de la Diagonal Durazno.

-Horribles-, dijo Calle Chañar, suspirando.- ¿A quién se le ocurre ponerle a una calle el nombre de un árbol?

-Estos vecinos tienen muy poca imaginación-, susurró con voz gruesa Calle Barba de Tigre.

-¡No sé ustedes, compañeras, pero yo me voy!-, exclamó Avenida Cardonales.

-¿Te vas? ¿A dónde?-, preguntaron las otras.

-Me voy a otro pueblo, a otra ciudad, a algún rinconcito donde me pongan un nombre más lindo. ¡Cardonales! ¿A quién se le ocurre?

-Esperá-, dijo Calle Chañar.- Yo me voy con vos.

-Nosotras también-, dijeron Pasaje Lecherón y Chachiyuyo al mismo tiempo.

-Aprovechemos ahora, que están durmiendo.

Y fue así como, elevándose en ondas como serpientes gigantescas y haciendo un ruido sordo que los vecinos no alcanzaron a escuchar, las calles del pueblo se escaparon, zigzagueando camino al horizonte, donde el sol iba estirando los brazos.

Desde su ventana, Gabriela y Mariano Moreno vieron todo, y sonreían.

-Sabía que esto iba a pasar-, dijo ella, y volvió a la cama.

7 comentarios:

  1. awwww que leendo salamin!!! me gusto te dejo 10 puntines...ha no, para! como que no es taringa?

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  2. impecable el cuento, sinceramente impecable!
    sos un genio hada

    @serpientedegas

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  3. me encantó, me hice el corto en la cabeza y todo

    @acataaaa

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  4. Sos un genio.

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  5. ¿Soy la única que la imagino a Gabuleta y a carrito?
    Genial, me encantó.

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  6. Muy bonito, espero que publiques muchas más aventuras como esas... Si ven dentro Gabutela y Carrito, aun mejor... Saluditos.

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