Árbol Gordo Editores

domingo, 31 de enero de 2016

El hornero

El hornero apareció acurrucado entre mis ramas secas la mañana después de la tormenta. Yo estaba más cerca de ser leña que monte, pero la imagen del animal herido me conmovió tanto que elegí no morir. Me dijo que venía de lejos, escapándose del rifle de un hombre. Las balas le habían rozado las alas. Estiré las ramas tanto como pude y le fui llevando agua de lluvia y frutos frescos que robé de otros árboles. El pájaro comía en silencio. Por las noches, doblaba mi tronco para que pudiera acurrucarse protegido del viento frío. Yo quería salvarlo.
Madre Tierra, susurré, dame fuerzas. Dame alimento y dame agua, que hay un hornero herido entre mis ramas y me urge oírlo cantar.
Cuando pudo moverse, me pidió prestados unos gajos y se pasó la siesta construyendo su nido. Yo lo observaba maravillado, enamorado de las manchas café entre sus plumas. Me fui quedando dormido y esa noche soñé con el campo ancho y caliente que lo había visto nacer.
La melodía me despertó y el sol apenas llegaba al monte. Abrí los ojos y estiré las ramas y ¡cuánta felicidad! El pájaro estaba de pie y le cantaba al cielo, que ya no era gris sino tibio y naranja.
Buenos días, dijo el hornero.
Buenos días, respondí.
Saltó entre mis ramas y batió las alas, intentando volar. Lo atrapé varias veces mientras le pedía que hiciera fuerza. Yo quería verlo libre y alto, apoyando el cuerpo sobre las ramas invisibles del viento.
Poco tiempo después se animó a bajar y recoger un poco de barro con el pico. El nido se volvió hermoso, redondo como una fruta o más bien como el sol, porque también era luminoso y tibio, tan tibio que hasta mis ramas reverdecieron y yo ya no estaba muerto, ya no quería ser leña, quería ser árbol de tronco grueso para poder protegerlo.
Buenos días, dijo el hornero.
Buenos días, respondí.
Me temo que hoy he de partir, silbó. Mis alas están curadas y el verano se está acercando. Hay muchas cosas que quiero ver y ahora puedo hacerlo porque he sanado. Me salvaste la vida, árbol. Volveré a mi tierra y le contaré a mi familia sobre vos. Les hablaré de tus ramas fuertes que me cobijaron y de las frutas y el agua que me regalaste. Te recordaré para siempre y me aseguraré de que los que me aman te amen también a vos.
Batió las alas y levanté los ojos para verlo alcanzar el cielo. Era tan hermoso, no quería que se fuera. No quería perder la única excusa que había encontrado para no ser leña, la única razón que tenía para sobrevivir. Yo quería que fuera libre, pero ahora comprendía cuánto me lastimaba su libertad.
El hornero se fue para siempre. El nido entre mis ramas permaneció deshabitado, testigo de tierra del pájaro que alguna vez amé y ahora era memoria.
Madre Tierra, susurré, dame fuerzas. Dame alimento y dame agua, que hay un hornero libre en algún lugar del monte y me urge oírlo cantar otra vez.

5 comentarios:

  1. Che, me dan ganas de hacer un programa de radio o un proyecto para leer estos cuentos.

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  2. Anónimo7/2/16 20:31

    En una noche de insomnio y sin querer queriendo, me encontré con tus letras. Felicitaciones y maravillosos tus cuentos.

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  3. Hermoso este cuento, Me conmovió profundamente. Gracias por eso. Abrazos.

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