Árbol Gordo Editores

viernes, 16 de septiembre de 2016

A veces no hace tanto frío

Yo sabía que me iba a tocar a mí, después de todo no llevaba más de dos años laburando ahí. Mi jefa me llamó a la oficina y me dijo que no me iban a renovar el contrato, que iban a traer gente nueva y que ella no podía hacer nada. Abrió la cartera y me dio plata que yo sabía que era de la caja chica, pero no me importó. No me animé a contarla frente a ella, me temblaban mucho las manos.
Abril se me amontonaba en los ojos y se quebraba en un millón de ranchitos brillantes y diminutos cuando la luz del mediodía mordía la humedad de mis lágrimas. Lloré todo el viaje en colectivo.
Cuatro meses después, seguía llorando cada tanto.
Ayer hablé con mamá, me dijo que me iba a seguir mandando lo que juntara, pero que no podía hacer milagros. Yo sabía que ella no podía hacer milagros y por eso le dije que no se hiciera problema, que con lo que me había dado Patricia había alcanzado a cubrir el alquiler y que estaba comiendo bien. Le dije que estaba jodido conseguir laburo, que había mucha gente en la misma. Le conté que el domingo fui a Parque Las Heras a vender torta de zanahoria y que me había ido bien. Vendí todo, mami, le dije, contenta. Ella hizo silencio un rato largo. Qué suerte, dijo después, pero no consiguió disimular el nudo en la garganta que le hizo temblar la voz.
Me acordé de los domingos de invierno que pasábamos encerradas en casa porque afuera llovía y mamá me hacía torta de zanahoria para tomar con el café con leche. Poníamos el casete de Los 101 Dálmatas una y otra vez y yo me sentaba en el sillón grande y los pies no me llegaban al suelo y la lluvia saltaba, contenta, entre las chapas. Mamá me preguntaba si quería más, pero yo no respondía porque tenía la boca llena y ella decía que el que calla otorga y me sonreía y me cortaba otra porción.
Sé que ahora le dolía un poquito que yo tuviera que salir a vender la torta de zanahoria en vez de sentarme a comerla mientras los dálmatas y Cruela De Vil pelean en el televisor. Debe ser triste atestiguar el momento preciso en que un pedazo de infancia se muere.
Le voy a pedir a la virgen y al niño Jesús que te ayuden, me dijo mamá, y cortó antes de que pudiera despedirme.
Gabi iba a tirar unas zapatillas de gimnasia y le pedí que me las regalara. Le dije que ahora que tenía más tiempo libre iba a aprovechar para hacer gimnasia, pero en realidad las uso para ir y venir del centro cuando me llaman por algún laburo. El bondi se fue a la mierda.
Hoy a la tardecita fui a una entrevista ahí, por Maipú. Era para una importante empresa en continua expansión que busca personas proactivas para ocupar vacantes como agentes de recaudación para sus oficinas de Buenos Aires. Te dan cuatro mil pesos y una obra social de mierda para torturar por teléfono a la gente que no puede pagar sus cuentas. Me dijeron que cualquier cosa me llamaban (espero que no sea para cobrarme nada, me quedan seis pesos.)
Salí del edificio poco después de las ocho. Por culpa del viento, había bajado un montón la temperatura. Me envolví en el sobretodo, me até la bufanda al cuello y puse las manos en los bolsillos. Me quedaba una hora a pata por delante y lo único en que podía pensar era en los mates que me iba a hacer ni bien llegara a casa. Me acordé que en el aparador había un puñado de fideos y medio paquete de queso rallado en la heladera. Canté completas cuatro canciones de Drexler y miré un par de vidrieras hasta que llegué a Independencia.
Cuando me detuve en la esquina, la panza me avisó que tenía hambre, pero las manos en los bolsillos me recordaron que no tenía un mango. Crucé pensando en eso, con la vista en el asfalto, cuando llegando al cordón me llamó la atención el papelito colorado en el piso. ¡No podía creer mi buena suerte! ¡Veinte pesos ahí, tirados en la calle!
Me apuré para juntarlos y por el rabillo del ojo se me apareció la silueta de alguien más aproximándose al billete. Supongo que habrá sido el hambre lo que me hizo correr así para ganarle de mano al otro (también sentí mucha vergüenza.)
Apreté los veinte mangos en la mano y levanté la vista, pensando en alguna excusa que justificara la salvajada. Se me cayeron a mí, iba a decir, pero entonces la vi y no pude abrir la boca.
La piba miraba en silencio. No me miraba a mí, miraba los veinte pesos arrugados entre mis dedos. La angustia en sus ojos era tan poderosa que yo no podía apartar la vista y me llevó un momento darme cuenta de lo grande que le quedaba la campera que usaba de abrigo y lo agujereadas que estaban las zapatillas de tela que le envolvían los piecitos flacos. Habrá tenido quince años.
Me olvidé del hambre y no dudé un segundo en extender la mano y darle la plata. Después de todo, en casa todavía había fideos y medio paquete de queso rallado.
La piba se arrimó con la cautela de un cachorrito al que cagaron a palos. Agarró el billete y me miró a los ojos un segundito antes de salir corriendo. Creo que dijo gracias, pero no escuché bien.
Comencé a subir por Independencia. Tarareé una canción de Ana Prada y después me puse a pensar en si tendría completos los apuntes y me acordé que me faltaba una fotocopia de Popper y la panza que me gruñía y a quién podría pedirle prestada la fotocopia y mañana tenía que volver al centro para otra entrevista y el mate calentito que me iba a preparar ni bien llegara a casa y los ojos de la flaca mirando los veinte pesos.
Venía en eso cuando escuché que me llamaban. ¡Señora! ¡señora!, gritaban a mis espaldas. Me di vuelta y la vi en la penumbra naranja de la calle, haciéndome señas para que me acercara. Era ella y tenía algo en la mano.
Ahora el cachorrito era yo, que me arrimé despacito, mirando a mi alrededor, desconfiada. Dios, por favor, que no me afanen, pensaba.
Hasta que no llegué lo suficientemente cerca no me di cuenta de que había alguien más con ella.
La piba se acomodó en un escaloncito y puso al nene al lado. No sé si era su hijo o su hermanito. Sentate acá, le dijo. Él no habrá tenido más de tres, pero no estoy segura. Los nenes de la calle siempre son más chiquititos.
Siéntese acá, señora, me dijo después a mí, mientras le sacaba la bolsa de nylon al sánguche de milanesa. Cortó un pedazo y se lo pasó al nene y después cortó otro pedazo para mí y cuando me lo dio, noté que le temblaban las manos de frío.
Comió su parte en seguida, sin decir una palabra. Yo sostuve el sánguche en la mano un rato largo antes de dar el primer bocado.
Cuando mordí, cerré los ojos y la boca se me llenó del sabor que tendría una casa calentita cuando afuera es invierno y llueve y las gotas bailan sobre las chapas y alguien ha encendido una estufa y preparado una torta de zanahoria y un café con leche y el reflejo del cielo de lluvia entra por la ventana de la cocina y aparece en el borde del televisor encendido en la película favorita de la nena que vive en esa casa.
Les devolví el sánguche que no quise terminar y les hice compañía mientras comían en silencio sobre la humedad de Avenida Independencia. Cuando terminaron, se pusieron de pie y se limpiaron la mayonesa en los abrigos.
Chau señora, me dijo ella, alzando al nene. Chau, me dijo también él, agitando una mano chiquitita. ¡Esperá!, le pedí yo, sacándome la bufanda, que era grande y alcanzaba a cubrir su cabeza y sus hombros y el cuerpito flaco del nene a upa. Cuando volví a mirarlos, había algo de la Virgen María y Jesús bajo ese manto improvisado para salvarlos de la noche helada.
Hace frío, le dije.
A veces no tanto, respondió ella, y se alejó calle abajo.

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