Árbol Gordo Editores

domingo, 2 de octubre de 2016

Ramírez

Me es muy fácil describir el rostro de Ramírez porque pasé muchísimas horas mirándolo. Tiene los ojos negros y opacos, como zapatos de oficina viejos. Eso fue lo primero que noté cuando nos conocimos. También tiene los dientes derechitos y cuando sonríe, parece que está pensando en cosas feas. En hacer cosas feas. Se peina con gomina y raya al costado, tirando todo ese pelo rubio y finito para la derecha, y se recorta el bigote con una tijerita de plata, regalo de la madre, de cuando era chico, para que quede a dos milímetros por encima del labio superior.
Los puentes que nos unen también nos separan, me dijo Ramírez una tardecita que tomábamos mate en el patiecito de atrás de casa.
Por algún motivo, estaba convencido de que era necesario desmantelar todas las cosas que habitaban ese espacio que sobraba entre nosotros y así fue que, durante la celebración de la cuaresma, aprovechó para quedarse en casa y quemar toda nuestra ropa.
Me pareció una exageración, tuvimos que andar desnudos desde entonces.
A mí me había quedado el conjuntito que uso los domingos para la misa y que ahora vestía cada vez que necesitaba ir a comprar pan o pagar las cuentas, pero a Ramírez lo enloquecía verme vestida, entonces tenía que salir de casa muy temprano y regresar antes de que despertara. Las vecinas habrán pensado que nos estaban comiendo los piojos y que yo no tenía ninguna otra cosa decente que ponerme.
Yo sé que Ramírez no tenía malas intenciones, es lo que le dije siempre a mi hermana. Él era uno de esos locos románticos, decía que quería un amor sin barreras, sin fronteras, pero a mí me daba un poco de miedo que llegaran visitas de sorpresa y nos encontraran haciendo todas las cosas como Dios nos trajo al mundo.
Creo que la que llamó a la policía fue Marita. Creo no: sé que fue Marita. Marita es la vecina de la esquina, chismosa como el resto, pero mucho más sensata; no como la Nelly, la de enfrente, que cuando se supo que a la viejita de la casa de al lado del baldío la cagaban a palos, comentó en misa que ella siempre lo supo, pero que no había dicho nada porque no era asunto suyo.
Nelly es bastante boluda.
Menos mal que no quemaste este, le dije a Ramírez, mientras me ponía el conjuntito de misa para atenderle la puerta a los oficiales, que me dieron los buenos días y me preguntaron si estaba todo en orden. Está todo en orden, caballeros, les dije desde atrás de la puerta, mientras Ramírez aprovechaba mi distracción para abrirle la jaula a los cardenales. Tendría que haber advertido a los oficiales que Ramírez estaba loco y que había quemado toda nuestra ropa y que ahora había soltado los cardenales, porque decía que yo les prestaba demasiada atención... pero no me animé.
El jueves estábamos en la sala, mirando televisión. Me acuerdo que era jueves porque el lechero había pasado temprano y yo lo atendí desde atrás de la puerta, fingiendo una gripe fulminante.
Decía que estábamos en la sala, pero sólo yo miraba televisión, porque cuando espié a Ramírez por el rabillo, me di cuenta de que me estaba mirando a mí. No me quitaba los ojos de encima y cuando volteé, le vi la sonrisa de hacer en cosas feas.
Qué pasa, Ramírez, le pregunté, pero no dijo nada.
Salió corriendo de la sala y volvió a los pocos minutos, cargando su caja de herramientas. Recién entonces me animé a preguntarle otra vez. Qué pasa, Ramírez, qué pasa, dígame qué pasa, repetía una y otra vez, con impaciencia.
Usted mira mucha televisión, me dijo. ¿Por qué no usa ese tiempo para mirarme a mí?
Mientras hablaba, sacó la maza de la caja y empezó a darle al aparato hasta reducirlo a un montón de chatarra inservible. Tuvo que envolverse en una frazada para sacar el televisor hasta la vereda porque yo me enojé tanto que me encerré en mi dormitorio. Pobre Ramírez, él solamente quería que yo le prestara atención.
Me quedé dormida leyendo un libro y me desperté cuando sentí que un mosquito me picaba en el cuello. Quise espantarlo, pero no pude. Tenía la mano inmóvil y cuando miré, me di cuenta de que Ramírez había aprovechado mi siesta para coserla a la suya.
Ay, Ramírez, usted es tan ocurrente, le dije, mientras íbamos para la cocina. Me había pedido que le hiciera torta de banana. Pero no sé cómo esperaba que hiciera la torta, si sólo me quedaba una mano y era la que menos me servía.
Yo quería tenerle paciencia, pero no era fácil. Ramírez decía que cuando era chico su madre lo había abandonado, me imagino que remontar eso no es para cualquiera. Pero él era un tipo rudo, de los que no se achican con nada. O por lo menos, eso decía.
Con mi mano derecha cosida a la mano izquierda de Ramírez, las cosas se hicieron cada vez más difíciles.
Como no teníamos ropa para los dos, sólo yo me vestía para salir a hacer las compras y tenía que llevarlo a él envuelto en su frazada. No sé qué habrán dicho las vecinas, escondidas detrás de sus ventanas de rejas despintadas y cortinas finitas, de esas que dejan ver las siluetas cuchicheando del lado de adentro de las casas.
No pasó mucho tiempo hasta que decidí dejar de salir. Cuando le dije que había decidido quedarme en casa para siempre, Ramírez se puso tan contento que cantó toda la noche. No voy a mentir, a mí me alegraba verlo así, pero cada vez que teníamos que hacer caca juntos me ponía muy nerviosa.
El domingo estábamos cocinando el último paquete de arroz que nos quedaba. Sé que era domingo porque la vecina escucha la televisión muy fuerte (se está quedando sorda, pobre doña Emilce) y por el patiecito de atrás se colaba la voz de Silvio Soldán, que le deseaba un feliz domingo a toda la juventud.
En qué está pensando, que no me mira, me preguntó Ramírez.
Yo estaba pensando todas las recetas que conocía que se hicieran con arroz. Únicamente con arroz, de ser posible.
Ramírez, yo lo quiero mucho a usted, pero esta situación me parece exagerada, le dije. Ramírez me respondió que le había roto el corazón en mil pedazos y tuve que inventar que cuando dije “situación exagerada”, me estaba refiriendo a tener que comer arroz Dios sabe hasta cuándo.
Ramírez me dijo no te preocupes, negra, esta noche vamos a comer afuera.
Nos pusimos contentos porque era lo único que podíamos ponernos y entonces pensé que no tenía ropa como para ir a comer afuera, a menos que Ramírez se estuviera refiriendo a sacar las silletas al patiecito del fondo. Por las dudas le pregunté.
Afuera, afuera, a un restaurante, al que usted quiera, me dijo.
Pero qué nos ponemos, Ramírez, qué nos ponemos, si usted quemó todo.
Todo no, respondió él, y era cierto. Se había olvidado de quemar mi vestido de novia y su disfraz de Meteoro.
Ponernos el vestido y el disfraz fue bastante difícil, primero porque ya nos habíamos acostumbrado a andar desnudos, segundo porque cuando nos casamos, yo pesaba diez kilos menos, y tercero porque cuando a Ramírez le compraron el disfraz de Meteoro, medía un metro y doce centímetros.
Todo eso y que mi mano derecha estaba cosida a su mano izquierda.
Sé que las parejas en el colectivo nos miraban raro porque yo los espiaba por el rabillo cuando Ramírez no se daba cuenta. Cuando cruzamos Acoyte, me picó un mosquito en la teta. Instintivamente me llevé las uñas al escote para rascarme, lo mismo que hubiese hecho cualquiera, porque qué porquería que son los mosquitos, pero qué rico que es rascarse. El tirón me recordó que tenía la mano unida a la de Ramírez, que me dijo quedate quieta, por favor, que me estás haciendo pasar vergúenza.
Me enojé tanto que abrí la cartera y saqué la tijerita de plata con la que Ramírez se arregla el bigote y ahí nomás, chic, chic, chic, corté los hilos que unían nuestros dedos.
¡Qué estás haciendo!, exclamó él, pero yo no alcancé a responder porque ya me había bajado del colectivo y lo miraba por la ventanilla, mientras le decía chau con una mano y fuck you con la otra. Qué se vaya a cagar, pensaba, no tiene ni idea de lo que es que te pique una teta.
Hace seis meses que no veo a Ramírez.
Ayer vinieron a visitarme Laurita y Miguel para ver como estaba. Él llegó envuelto en una sábana de dos plazas y ella en una cortina de ducha medio ordinaria, de esas que venden en Casa Tía. Laurita y Miguel llevan once años cosidos y dicen que están muy contentos. Yo sé que en el fondo, Laurita me tiene un poco de lástima porque no estoy cosida a nadie y ya tengo más de treinta. A mamá y papá les debe pasar lo mismo. Avisaron que vienen el domingo, no sé con qué cara mirarlos (ellos llevan cosidos treinta y ocho felices años).
Laurita me recomendó que hable con Ramírez, que le pida disculpas, que a lo mejor aceptaba coserse de nuevo conmigo, que no podía terminar mis días como una descosida cualquiera.
Hoy al mediodía lo telefoneé. Me respondió que volvería a casa con la condición de que esta vez nos cosiéramos una mano y un pie. Le dije que lo iba a pensar, pero es mentira. Recién vengo de dejar una bolsa llena zapatos en el container .

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