Árbol Gordo Editores

viernes, 13 de mayo de 2016

El reloj de oro

No saben lo lindo que era el reloj de oro de papá. Bueno, no era "de oro". Era dorado. Pero me gustaba pensar que era de oro, como las coronas de los reyes de los cuentos que me leía a la noche. Dorado, con agujas negras, correa de cuero y números romanos en esmeralda.
Tanto me gustaba el reloj de oro de papá que un día, a los siete, mientras tomaba el mate cocido para ir a la escuela, le pregunté si me lo podía dar. Me dijo que todavía no, que lo estaba guardando para regalármelo cuando terminara la secundaria (y sólo si obtenía las mejores notas) Aquello me entusiasmó. Me prometí que así sería, aunque tuviera que esperar diez años más.
Vivíamos en el Santa Lucía, una zona bien periférica de la ciudad, donde no llegaban ni el videocable ni el agua de red y donde los remises no entraban porque decían que era peligroso. Los arrabales siempre espantan a la clase media aspiracionista.
Por aquella época, las escuelas de barrio estaban desmanteladas. En consecuencia, mis padres decidieron enviarnos a una del centro, pública pero más prestigiosa, claro, con talleres de literatura y teatro y toda esa resaca snob noventosa que se parece mucho a la foto de dos nenes con sendos chalecos salvavidas, bien bronceados, saludando desde un bote que en uno de sus flancos reza "O Rei do Cabo".
El invierno norteño es húmedo y lame los huesos, como queriendo que uno pierda las esperanzas. Nos levantábamos a las seis. Mamá planchaba el uniforme unos minutos antes y nos lo ponía, calentito, mientras papá terminaba de revolver el mate cocido, que siempre le salía demasiado dulce. El murmullo de la radio llenaba la casa. A mi hermano, el más chico, le gustaba la cortina musical que pasaban para anunciar los números ganadores del sorteo nocturno de la quiniela nacional y casi como un ritual, papá subía el volumen un rato y hacíamos silencio. Durante muchos años pensé que lo hacía para que mi hermano escuchara la cortina musical; después entendí que lo que quería era saber si había ganado o no los setenta pesos que la lotería le prometía a las dos cifras a la cabeza. Nunca ganaba.
Al Falcon había que ponerlo en marcha quince o veinte minutos antes de salir porque ya estaba muy viejo. Papá se ponía nervioso cuando el auto no arrancaba, como esa mañana, que hacía tanto frío y no había caso. Recuerdo el sonido ahogado del motor, como un perro viejo que tose la rabia con los pulmones secos. Yo, que entendía poco de autos viejos y padres exhaustos de tanto sacrificio, protesté. ¡Tengo prueba, no puedo llegar tarde! La seño Dionisia me dijo que si seguía llegando tarde, me iba a hacer echar de la escuela.
Papá se puso nervioso, muy nervioso. Salió del auto y nos dejó encerrados. Mamá le preguntó que a dónde iba, que qué iba a hacer, pero él no respondió.
Volvió como a los diez minutos acompañado de don Sosa, el mecánico del barrio, que levantó el capot y manoseó los cables hasta que finalmente el rugido del Falcon encendiéndose se mezcló con la neblina densa del amanecer. Qué contento me puse.
Papá subió al auto y arrancó, saludando a don Sosa por la ventanilla y diciéndole que muchas gracias, que disculpe la hora, que el más grande tenía prueba y no podía llegar tarde.
Don Sosa nos dijo chau y cuando levantó la mano vi el reloj de oro abrazado a su muñeca, morocha y huesuda. ¡Era el mío! Miré por el espejo retrovisor mientras el auto se alejaba tosiendo, calle arriba, y mi reloj en la muñeca de don Sosa se convirtió en un granito de arena en la distancia.
Ese día hice la prueba y me saqué un diez. Y después otro, y cada tanto un ocho, o un nueve. Un par de veces un cinco. Una vez un tres, casi me muero.
La noche del acto académico de fin de curso, cuando anunciaron el mejor promedio, dijeron mi nombre. Todos me aplaudieron y mi profesora de francés, que estaba muy orgullosa, me dio una medalla de oro. Bueno, no era "de oro", era dorada, como el reloj que papá había usado para pagarle a don Sosa esa mañana de invierno que yo tenía prueba y no podía llegar tarde.
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Yo soy el resultado de la educación pública. Y miren que costó, eh. A la medalla dorada que dice "Mejor Promedio 2006" la tengo en un cajón. No me dice la hora, pero me dice quién soy.

4 comentarios:

  1. Gracias por contarnos historias :)

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  2. Se me derrite el pecho y se me inflama el alma, hermoso Juan! G R A C I A S

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  3. Anónimo5/9/16 14:37

    Sos un genio Solá

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  4. Lo conoci de casualidad y me apasionan cada vez mas sus historias!!! Que capacidad exquisita de poder llegar hasta la.mas sensible fibra del ser humano!! Gracias!!!

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