Árbol Gordo Editores

viernes, 16 de diciembre de 2016

La parte honda del río (La parte honda del río II)

Estoy muy preocupado por él, dijo el tío Antonio, agarrándose el pecho y mirándome con los ojos tristes, pero por fuera nomás, porque por dentro los tenía vacíos, como si alguien se hubiera robado sus verdaderas pupilas y en su lugar hubiese puesto unas bolitas de vidrio opaco. Además, vos vivís en un barrio muy feo, Claudia, dijo después, mirando a mi mamá, que bajó la cabeza porque pensaba que el tío Antonio tenía razón. Acá, mirá, acá a media cuadra tiene una escuela de primer nivel, enseñan inglés y computación. Y a dos cuadras, tiene una plaza. ¡Dios mío, Claudia! El pediátrico está a cinco minutos. ¿Vos pensaste qué vas a hacer cuando se te enferme a las tres de la mañana? ¿Cómo lo traés desde allá? ¿En la bicicleta? Haceme caso, hablá con mi hermano. Acá va a estar mejor.
Mi mamá no dijo nada. Giró la cabeza y me miró y ¡ay! cómo se le notaba lo triste. Yo estaba sentado en la alfombra, tomando la chocolatada que me había preparado el tío y el último sorbito me quedó entre la boca y el corazón.
Era domingo y habíamos salido a eso de las dos en la bicicleta. Me gustaba la bici porque mi mamá me dejaba ir sentado en el manubrio y si cerraba los ojos, parecía que estaba yendo a visitar a los tíos montado en el lomo de algún pajarito. ¡Más rápido, ma!, le pedía yo, y mi mamá pedaleaba con todas sus fuerzas y era como si la bici empezara a flotar y el viento se me metía por debajo de la remera y la inflaba y los otros pájaros nos decían chau cuando pasábamos.
Cuando terminé la chocolatada, fui a la cocina a lavar la taza y me encontré con la tía Nora, que se ve que estaba medio nerviosa, porque fumaba y movía las piernas con los ojos clavados en la pava de agua, que todavía no hervía. Cuando me vio me dijo que dejara la taza en la pileta nomás y yo le respondí bueno tía, gracias.
Igual, cuando vivas acá no pienses que te vamos a estar atendiendo ¡eh, sobrino! Ahora porque estás de visita nomás, me avisó, y me puso una sonrisa que era de felicidad, pero por fuera nomás, porque por dentro era como si alguien le hubiese puesto unos ganchitos de alambre en las comisuras de los labios para que sonriera más grande y ahora los ganchitos le estuvieran haciendo doler la boca.
Sí, tía, le dije yo, y me empezó a doler la panza. Es que los tíos estaban preocupados porque mi casa quedaba lejos y querían que yo me fuera a vivir con ellos, porque la suya quedaba cerca.
Pero mami, si la casa no queda cerca tuyo, entonces para mí queda lejos, no quiero venir, le dije mientras me subía a la bicicleta para volvernos, pero creo que no me escuchó porque no me respondió nada.
Tardamos mucho en llegar y más tardamos porque hicimos silencio todo el camino. Esa tardecita, ningún pajarito me llevó de regreso en el lomo, porque mi mamá pedaleaba despacito, como si sus piernas fueran de cemento. Nos fuimos alejando del centro y del asfalto hasta encontrar la rotonda de tierra de la entrada del barrio.
Mientras mamá me preparaba el bolso después de cenar, le escribí una carta a Sarita y le puse que hola, Sarita, ¿cómo estás? Te cuento que estoy triste porque me voy a ir a vivir a lo del tío Antonio y la tía Nora, con Augusto y Lucrecia. Lo que pasa es que ellos viven cerca y mi mamá quiere que yo vaya a una escuela donde enseñan inglés y computación. Ojalá en nuestra escuela enseñaran inglés y computación, así no tengo que irme a vivir allá cerca. También te cuento que el viernes mi papá me trajo la revista Billiken, te prometo que hoy la termino de leer y te la presto (le voy a decir a Cintia que te la lleve con esta carta, porque yo no voy a estar.) ¿Sabías que los tiburones bebés ya nacen con dientes para defenderse solos? Cuando nacen, se tienen que ir nadando muy rápido para que sus mamás no se los coman. Bueno, no te olvides de responderme la carta, mi mamá me dijo que me la va a traer la semana que viene cuando me venga a visitar, así que apurate. Voy a ir a la escuela nueva con las zapatillas que me regalaste así no me olvido de vos. Un día te voy a escribir una carta en inglés y otra carta en computadora. Te quiero mucho. Yo.
La casa del tío Antonio y la tía Nora tiene muchos cuartos y muchos baños y también tiene muchas escaleras y pasillos que llevan a puertas cerradas con llave. El tío dice que le gustan los animales y por eso tiene tantos bichos embalsamados y su estudio se parece a un museo. A mí no me gustan los animales embalsamados, les ponen ojos de vidrio. La tía Nora dice que son una belleza.
Otra cosa que no me gusta de la casa de los tíos es que está llena de bichos negros, que son unos monstruos que salen a la madrugada y flotan en la oscuridad de mi pieza y me miran con unos ojos que son verdes y brillantes y murmuran cosas que no entiendo. Creo que dicen que me quieren agarrar. Yo me tapo con la manta hasta la cabeza y me hago el dormido, pero cuando espío, ellos siguen ahí y se quedan hasta que se empieza a hacer de día.
Ya me hice pis encima dos veces. Me da miedo levantarme al baño (que queda re lejos de mi cuarto) y que los bichos negros me agarren. La tía Nora me retó mucho, pero no me pegó. Yo le conté sobre los bichos negros, pero no me creyó. Ella piensa que son luciérnagas, pero acá no hay luciérnagas. Las luciérnagas son animales que andan entre los yuyos y acá todo es de cemento y los únicos animales que tienen están embalsamados y tienen ojos de vidrio.
Hoy me puse re contento. Vinieron mi mamá y Cintia a visitarme y tomamos una chocolatada en la alfombra mientras los grandes conversaban. Me trajeron un sobre que me mandaba Sarita, que era lo que más estaba esperando. Yo le había contado sobre los bichos negros en mi última carta y ella me había respondido que no me preocupara, que ella me iba a ayudar.
Me había mandado un paquete re gordo y yo me moría de ganas de abrirlo, pero tenía que aprovechar el tiempo que mamá y Cintia se quedaban, porque recién podían volver el próximo domingo, porque ahora ellas viven lejos. Por eso, el domingo a la noche es la parte más triste de la semana, porque ahí empiezo a contar cuántas horas faltan para volver a verlas Ahora faltan 167.
Le pedí a mi mamá si la podía traer a la Negrita algún día y me dijo que no porque no entraba en el canasto de la bici, pero para mí que es mentira. Primero, porque la Negrita es re chiquitita y encima se porta re bien; y segundo, porque como la Negrita le había llenado de barro las zapatillas nuevas a mi prima, Lucrecia, mi tía Nora no la quiere.
Mi mamá me dijo que mi papá se había ido a trabajar, pero que me mandaba un saludo y que preguntaba cómo me estaba yendo en fútbol. Yo quería decirle que me estaba yendo muy mal, que el tío me obligaba a ir y que los chicos del club juegan a escupirse entre ellos y que a mí ese juego no me gusta tanto, que prefería volver a casa y jugar con Sarita al tutti-frutti o al ahorcado o a quién sabe más sobre los animales. Igual, Sarita siempre gana porque en su casa hay un montón de libros de su mamá, que es maestra.
Me está yendo re bien, mami, le mentí, para que no se pusiera tan triste. Me prometió que nos veíamos el domingo y me pidió que después le cuente qué me había regalado Sarita y me dio un montón de besos y Cintia también me dio un beso y después mi mamá la subió a la bici y se fueron despacito, despintándose en la oscuridad.
Ahora faltan 162 horas para volver a verlas y yo estoy leyendo la carta de Sarita debajo de la manta. Le pedí a la tía Nora si podía dormir con la luz prendida, pero me dijo que no porque se gasta mucho, así que le tuve que robar la linterna de la cocina.
Cuando estés asustado (había escrito Sarita, con unas A que parecían manzanas y una T que parecía un paragüas) tenés que cerrar los ojos y hacer como que metés la cabeza en la parte honda del río. Vas a ver que ahí no se escucha ningún sonido. Ahí no te pueden ir a buscar los bichos negros. Yo también voy cuando me asusto. Capaz si nos asustamos al mismo tiempo, nos encontremos allá, en la parte honda del río. Yo estoy esperando las vacaciones de invierno para que vengas a jugar conmigo. Acá te mando a Ñangapirí para que te cuide, cuando vuelvas me lo traés.
Metí la mano en el sobre y encontré el caballito de plástico, gris clarito, como pintado con el humo de una vela.
También te mando un cuaderno con todos los cuentos que se me ocurrieron mientras vos no estabas. Ojalá que te gusten. Dejé unas hojas para que vos también puedas escribir y después me los mandes con tu mamá. Todos los días me pongo un pulóver para ver si el invierno se confunde y llega más rápido. Te extraño, Sarita.
Me dormí leyendo los cuentos, que hablaban sobre las aventuras de Sarita con Carmelo, su amigo imaginario que vive en a piecita de las herramientas y que Sarita me va a presentar en invierno, cuando vaya a pasar las vacaciones con mis papás y mi hermana.
Me desperté muchas, muchas horas después y con muchas, muchas ganas de hacer pis. La linterna se había quedado sin pilas y cuando me asomé por debajo de las sábanas, vi a los bichos negros flotando en la oscuridad del dormitorio y enseguida me empezó a doler la panza, como si mi estómago fuera un trapo de piso mojado que alguien estaba escurriendo.
Cerré los ojos, haciendo fuerza para dormirme, pero enseguida me puse a pensar en la tía Nora, gritando con una voz que es más fuerte que los motores, diciéndome que era un asqueroso, reclamándole al tío Antonio que todo había era culpa suya y que ella no lavaba la meada del hijo de otra. Después, metía las sábanas en un piletón del fondo y abría la canilla y seguía gritando, sin prestarle atención al agua, que comenzaba a rebalsar y a llover en cascada sobre las baldosas rojas del patio y se metía en la casa y trepaba por las escaleras. De repente, todas las habitaciones estaban llenas de agua turbia en la que flotaban las camas y las algas, los adornos, los peces, las tortugas y los pobres bichos embalsamados. La tía Nora seguía gritando, pero yo no la escuchaba porque de la boca le salían burbujas. La casa se fue poniendo oscura y silenciosa, como la parte más honda del río. Apreté más los ojos (cuando uno hace eso, se ven dibujos de colores) y me destapé y así, descalzo y ciego como estaba, me puse de pie y salí de la cama y los bichos negros no pudieron hacerme nada, porque no los miré. Caminé rápido hasta el interruptor y abrí los ojos justo antes de encender la luz y la casa se secó y las camas dejaron de flotar y el río se fue todo por la ventana y los bichos negros ya no estaban y no hizo falta prender la luz porque junto a mi cama estaba Ñangapirí, que me miraba y tenía los ojos como hechos de humo de vela, pero por fuera nomás, porque por dentro eran como los ojos de Sarita.

1 comentario:

  1. Llegás con el niño y Sarita a la parte honda del alma.Hacernos recordar los ojos que nos llevaron a la superficie,no tiene precio.

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