Árbol Gordo Editores

jueves, 29 de diciembre de 2016

Los muchachos

La cita era a las ocho en el café La Perla, frente al Palacio de la Revolución, que se alzaba en diagonal a la plaza con demasiada modernidad metálica incrustada entre las antiguas columnas y los arcos rococó que otrora vieron florecer a la Patria.
Octavio Pérez Córdoba llegó puntual y se descubrió el primero sentado a la mesa, vestida con mantel de Jacquard durazno y camino de mesa bordó, sendero de candelabros de plata coronado por velas blancas.
Año tras año, Octavio y los muchachos se reunían en La Perla para tomarse unos buenos vinos y recordar aquellos tiempos de hacer barullo en los pasillos del Saint Germaine College. Ni lerdo ni perezoso, aprovechó al mocito nuevo del café, que ya había llegado a dar la bienvenida, para mandarlo a buscar ese Casablanca Malbec con el que le gustaba arrancar la noche.
Como si aquel hombre ahí sentado fuera el mismísimo gobernador, el mocito, que se llamaba Luis y tenía carita de indio, corrió a la bodega a buscar lo que le había mandado don Octavio, que mientras tanto se sentaba con toda la espalda en el respaldo y apoyaba un brazo en la silla de al lado, en un gesto de satisfacción. Es que a don Octavio le gustaba mucho que lo atiendan.
Ahí nomás llegó el Luis, a las apuradas pero decoroso, como le habían explicado que tenía que hacer para ganarse una buena recompensa, ¡y qué contento que estaba el Luis!, que le presentaba la etiqueta a don Octavio y esperaba su aprobación mientras pensaba que con la propina de esa noche a lo mejor terminaría de juntar lo del alquiler.
El que llegó segundo fue don Segundo Schioretti, el de Schioretti Hermanos. A don Segundo ya lo conocían todos. Poco o mucho, no había alma en la ciudad que no les debiera un buen pedazo de sueldo a los Schioretti Hermanos. ¡Y bien que se cobraba el viejo Segundo! que hasta se había hecho poner un call center y había contratado un par de gurisas para llamar todos los días a los clientes morosos de la financiera.
Y ¡cómo te va, querido! exclamó don Octavio y ¡cómo te va, pendejo! gritó don Segundo y así nomás, con un chasquido de dedos, lo llamó al Luis y lo mandó a traer otra copa, que ese Casablanca Malbec le hacía agua la boca.
El Luis salió corriendo con decoro y enseguidita trajo una segunda copa para don Segundo y hasta le hizo una reverencia, mientras pensaba que con la propina de esa noche a lo mejor terminaría de juntar para la cuota atrasada del préstamo a sola firma que él también le había pedido a los Schioretti para pagar tres meses de pensión atrasada.
El que llegó tercero fue el Guillote Urribarrabuena, al que los muchachos le decían el Pendex porque no se le conocía hembra estable. El Urri decía que para marido no servía y lo único que había aprendido a hacer era patinarse la guita del viejo Eloy Urribarrabuena, que bien pillo había sido en los años en que todavía se le podía comprar por monedas su pedazo de monte a los indios, que más vale que vendían, si estaban cagados de hambre.
El viejo Urribarrabuena tenía más tierra que pata de negro, pero estaba gagá hacía años y el Guillote hacía el esfuerzo de manejarle los campos, la camioneta y las cuentas bancarias, aunque cada tanto se hacía un tiempito en medio de tanto estrés para pegarse una escapadita a Punta Cana a reforzar el naranja ladrillo que le pintaba la las arrugas de los ojos.
Y atrás del Guillote apareció el Luis con otra copa y con la espalda ya inclinada en reverente bienvenida y ¡qué vino ni vino! gritó el Pendex, ¡a mí tráeme un champán, pibe! ¡dale, metele! exigió, frotándose las manos, un toque pasado. Y qué no iba a salir corriendo con decoro el Luis, angá, que tipo soldadito marchó a buscar lo que le habían mandado mientras pensaba que con la propina de esa noche capaz hasta le alcanzaba para comprar los pasajes de tren para ir a pasar el fin de año allá en Colonia Rozas, que la verdad que extrañaba, porque las noches son tibias y la casa está como quieta todo el tiempo, como si nomás flotara en la humedad del monte silencioso y sólo los bichos tuvieran permiso de hacer bochinche.
En Colonia había silencio y también había un padre viejo y un pedacito de monte que el banco no le dejaría heredar. Vos tenés que rajar, pibe, le había dicho don Eusebio Pereyra hacia poquito más de seis meses. Y el Luis rajó nomás, qué iba a hacer. Se fue rápido, porque la valija no pesaba nada y porque después de cruzar la Shell de la ruta lo juntó un peón que iba para el pueblo y ya que estaba lo alcanzó hasta la estación. Y así se fue el Luis, con cuarenta pesos en el bolsillo y montado en un tren que amenazaba con descarrilar, mirando cómo el verde del monte se desarmaba del otro lado de la ventanilla, mientras batallaba con el par de zapatos viejos al que intentaba sacarle brillo. Llevalos nomás, pibe, le había dicho don Eusebio Pereyra. Si yo ya pa’ qué los quiero. Si yo ya no los viá ocupar. Llevá, pibe, llevá, haceme caso, que pa’ pedir trabajo hay que ir presentable y lo primero que te miran son las patas.
El Luis se espió los zapatos, escondidos allá abajo, después de la bandeja que sostenía con destreza, y se preguntó qué estaría haciendo don Eusebio Pereyra allá, acostadito en el colchón que ya tenía la marca de la parrilla de la cama, escuchando cómo la noche se comía el monte y preguntándose que ¿qué tanto estás pensando, pibe? ¡metele, dale! ¡abrilo! reclamó el Guillote, impaciente, haciendo música con los nudillos contra la mesa y con los ojos clavados en el pico de la botella, todavía cerrada.
El Luis se apuró a descorchar y no le había servido más de media copa cuando por la puerta apareció el muchacho que faltaba.
¡Último, Florentini! ¡como en gimnasia! lo saludó don Segundo y la mesa estalló en una carcajada estridente y ahí nomás don Manuel Florentini le dio flor de palmada en la espalda a Schioretti y le dijo sos un viejo hijo de puta y después miró al resto y les dijo qué hacen muchachos y le robó un sorbo de vino a don Octavio y les enrostró que ¡me vine exclusivamente por ustedes, manga de viejos pelotudos! Y enseguida contó que si la oposición se llegaba a enterar que se había morfado dos vouchers de esos que les da Salud Pública a los pibes con cáncer exclusivamente para ir a comer con ellos, lo escracharían en el Facebook una semana enterara. Son un peligro las redes sociales, se quejó don Manuel, sentándose a la mesa. Estos negros te aprietan dos botoncitos y te hacen quedar como un sorete, agregó, y todos asintieron, cagados de risa. Vos no te preocupes Fiorentini, que sorete fuiste siempre, le respondió don Octavio y el diputado Fiorentini le vació la copa de un solo trago y le dijo pedite otro vino y ahí nomás se arrimó el Luis, que estaba bien atento, y se llevó la botella vacía bien rápido, pero decoroso, y mientras tanto los muchachos se pidieron parrilla y siguieron chupando de lo lindo.
El que se reía más alto era Guillote, que para las dos ya se había sacado el blazer y hablaba a los gritos y qué no se iban a divertir, si el Guillote se acordó de la vez que a don Octavio lo agarraron haciéndose la paja en el baño en la hora de Historia porque la vieja estaba bárbara y en venganza, Octavio se acordó de cosas que a la distancia hasta tenían un poco el color del vino y hablaban de pendejas muy putas y sexo oral y polleras escocesas que supieron levantar y travestis que se habían cogido borrachos y así estaban, como en la anécdota, borrachos hasta la médula, cuando se hicieron las cinco y media y decidieron partir y mirá si no habrán estado en pedo, que al Luis le dejaron de propina como dos meses de alquiler y angá, pobrecito el Luis, que cuando fue a juntar la mesa y vio la plata arrugada entre las sobras se le llenaron los ojos de lágrimas y se tuvo que hacer el que al angaú le había entrado algo en el ojo, una basurita, o más bien un recuerdito tibio, una memoria de casa de campo y la cara de don Eusebio Pereyra, que lo vería llegar de la capital con regalos y todito perfumado y con un par de zapatos nuevos y bien lustrados.
Los muchachos se despidieron en la puerta de La Perla. Yo dejé el auto en el casino, dijo don Segundo. A mí me busca el chofer en diez, avisó don Manuel y entonces llévame al depto, dijo el Pendex, que a duras penas hilaba frase. A mí llévame al depto, que si me subo al auto y mato un negro después lo tengo que pagar por bueno.
Nos vemos el año que viene, pidió por favor don Octavio, cagado de sueño. Se acomodó un poco la camisa como para no parecer tan borracho y dijo que yo camino, muchachos, que si no bajo un poco el morfi después no duermo nada. Y así se fue don Octavio, tambaleándose y atontado, doblando la esquina y haciendo eses mientras la parte alta del Palacio de la Revolución se pintaba del color del sol recién nacido.
Don Octavio apuró el paso torcido y cruzó Rivadavia y siguió dos cuadras por Liniers para ir bajando el morfi y así llegó hasta la esquina de Salta y esperó, esperó, esperó y menos mal que estaba de saco, que la mañana estaba fresquita y la casa estaba lejos y siguió esperando hasta que el 87 apareció rugiendo calle arriba.
Pérez Córdoba levantó el brazo, paró el colectivo y subió sin decir ni buen día. Pagó los ocho pesos que costaba el boleto y fue a sentarse donde siempre: al fondo, un asiento antes de la puerta, del lado de la ventanilla.
La ciudad todavía dormía y las calles estaban vacías y fue por eso que el 87 no paró ni una vez durante todo el recorrido y después de un rato largo agarró Storni hasta 3 de junio y dio una vuelta a la rotonda y se metió por Cortázar treinta cuadras, hasta Pizarník. De ahí fue todo derecho, hasta que don Octavio se avivó de tocar el timbre media cuadra antes de Andahazi.
Se bajó en la esquina de Preciado y José de Vasconcelos, y pateó y pateó y el vino le daba vueltas en la cabeza y el sol ya había pintado de anaranjado los techos de chapa y los árboles del barrio y una lagartija cruzó la calle a las apuradas, levantando tierra con la cola y haciendo barullo entre el ripio.
Don Octavio le metió pata porque ya estaba más cansado que borracho y caminó con los zapatos llenos de polvo y ¡buen día, don Octavio! le gritó el hijo de Soto, que se iba en el carro a rescatar cobre de la chacarita que había allá, camino a Estero Viejo, y don Octavio levantó la mano y mostró la palma, como diciendo buen día, y enseguida saltó la zanja y fue por la veredita de pasto hasta encontrar el portoncito de lata que avisaba que ahí comenzaba su terreno, lo único que le quedaba.
Se metió hasta el fondo, arrastrando los pies, con los lapachos florecidos atestiguando el retorno de quien había sido rey en La Perla hasta hacía poco más de una hora y enseguidita encontró la casa, diminuta, mitad cemento, mitad chapa, y ahí nomás le salió al cruce la Chiqui, moviendo la cola, y ¡hola, Chiqui, buen día!, la saludó don Octavio, que la amaba con todo el corazón, angá, si era la única familia que le quedaba.
Entró a la casa y sintió que en la pieza ya hacía calor y se fue directo para la cama y se sacó el saco y el pantalón y los acomodó con primor en la percha de madera, que era la más linda que tenía, y metió todo al ropero envuelto en una bolsa de plástico de esas grandes que dan en Casa Tía. Pasaría un año antes de que volviera a vestirlos.
Y qué cagada, murmuró, mientras se metía a la cama. Qué cagada que se le había ido casi toda la pensión en la cena. Pero qué bien que la había pasado con los muchachos, pensó, y cómo le gustaba que lo atiendan, murmuró, y así, desnudo como estaba, se cubrió con la sábana raída y cerró los ojos y apoyó la cabeza en la almohada, que tenía olor a humedad, pero no le importó nada.
Esa mañana, don Octavio Pérez Córdoba se durmió con una sonrisa en el rostro sudoroso. Una sonrisa de oreja a oreja que no era de felicidad, sino de alivio.

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