Árbol Gordo Editores

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Los secretos de las casas viejas

Me gustan las casas viejas porque están llenas de secretos que solamente conocen sus habitantes.
Me gustan las puertas que deben levantarse unos milímetros para que la cerradura funcione y me gustan los movimientos precisos que hay que hacer para abrirlas sin ruido.
Me gusta saber cuál es la baldosa floja del patio, la que no hay que pisar cuando llueve, porque salpica y embarra las zapatillas. Me gustan las perillas de las cocinas que deben girarse hasta cierto punto, para evitar que se les salga el resorte.
Me gustan las ventanas que pueden abrirse sólo hasta la mitad, para que no se zafen las bisagras, y me gustan los botones de inodoro que deben apretarse suavecito para que la mochila no quede perdiendo agua.
A veces, el televisor de mi casa se queda en blanco y negro un rato largo, pero para eso también hay un secreto. Roberto nos enseñó a pegarle bien, a darle un par de golpes cerca de la antena, para que le vuelvan los colores.
Hace unos días, Roberto abrió el cajón de mi mesita de luz (hay que agarrarlo de abajo, levantar con fuerza y tirar, porque se traba) y encontró la carta que me escribió Nahuel antes de irse a Bariloche.
Como no te puedo llevar en el bolso, te llevo en el corazón, había escrito. Nahuel era el chico más lindo de la escuela. De todas las escuelas.
Me acuerdo que aquella vez llegué a casa tarde, que Roberto me estaba esperando y que cuando me vio entrar, no dijo una sola palabra.
Primero, fue el puño cerrado. Un puño pesado, hundiéndose en mi estómago como se hunden los pedazos de tierra seca que se desprenden del barranco y caen al río.
Quise preguntar qué pasaba, pero no pude. No me dio tiempo.
Lo primero que se me vino a la cabeza fue la carta de Nahuel, obvio, escondida en el cajón. Creo que Roberto habrá pensado que yo era un poco como ese cajón, que le escondía cosas que sólo podía sacarme haciendo fuerza.
Mamá no dijo nada. Qué iba a decir, si Roberto ya la había roto hacía años. Ni siquiera abrió la boca cuando vio que después del puño, vino la manguera, que se me dibujó en el lomo como una víbora de sangre, testigo de carne hirviendo del linchamiento doméstico de un monstruo acusado de enamorarse.
Quise pedirle que pare, pero él no escuchaba. Quise pedirle perdón, pero él seguía pegando y yo no podía decir ninguna palabra porque de entre mis dientes sólo salían alaridos, como ratas enormes y grises que corrían desesperadas sobre el piso del comedor.
Mi hermano más grande también estaba ahí. Lo vi, distorsionado por la humedad que se comía mis párpados, y esos brazos anchos y borrosos resucitaron la imagen velada de esas siestas de invierno en que me alzaba para alcanzar el frasco de dulce de leche que después compartíamos con una sola cuchara, mientras Roberto y mamá dormían. Me das asco, decía mi hermano, una y otra vez. ¡Me das asco!, vociferaba, y después él también se animó a pegarme.
Hoy le escribí un mensaje a Nahuel para decirle que seguía enfermo y que no sabía cuándo iba a volver a la escuela. Le dije que lo extraño una bocha y que tenía muchas ganas de escuchar sus anécdotas de Bariloche.
Todavía tengo marcas en los brazos y me da vergüenza volver a clases. No quiero que Nahuel me vea. No quiero que Nahuel piense que estoy roto y que por eso Roberto me había golpeado tanto.
El padre le pegó mal, le escuché decir a mamá por teléfono ayer a la mañana, cuando llamó la señorita Mónica para preguntar por qué estaba faltando tanto.
El padre le pegó mal, dijo ella, y yo giré en la cama y traté de imaginarme cómo se hace para 'pegar bien' y pensé en el televisor de la sala. Mamá tenía razón: Roberto me habrá pegado mal, muy mal, porque no me volvieron más los colores.

2 comentarios:

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  2. Muy triste, pero una maravilla de texto. Con tu permiso, lo voy a compartir.

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