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miércoles, 14 de diciembre de 2016

La pobre

Ahí viene la pobre, le escuché decir a Loyola , y a los pibes que lo siguen a todos lados les explotaron los cachetes de intentar disimular la carcajada.
Preferí hacerme la sorda. Qué iba a decirles, si tenían razón: yo soy la pobre. Ellos me ven llegar todos los días en mi musetta que ¡angá! se queja como puerta vieja y hace un crujido que me avisa que en cualquier momento se me desarma en el medio de la avenida.
Qué iba a decirles, si ellos vieron mis cuadernos cosidos a mano, hechos con las hojas de impresora vieja que me regalan en Casa de Gobierno, esas que están perforadas en los márgenes y son tan grandes que alcanzan para tomar apuntes, pero también para tomarse unos minutos antes de dormir y escribir todos esos cuentos que me cuento a mí misma mientras pedaleo con la fuerza que me queda para salir de mi reino y meterme en el de ellos, que es un reino donde siempre hay fotos de veranos salpicando de amarillo todos esos mares anchos que nunca conocí. Es que en mi reino, el mar es un riacho manso que duerme detrás de la casa y espera la lluvia para hacerse más ancho y arrimarse a la ventana para espiarme.
Qué no me van a decir pobre, si ellos vieron mi gorrita, la verde, la que dice Iguazú '99, que me regaló doña Rosa ese día que me vio llegar en la bici, muerta de sed y más muerta de todo el sol de la siesta, que me ardía en el pelo negro y cortito. Es que las princesas pobres tenemos coronas de tela y carruajes de ruedas emparchadas que amenazan con desarmarse en el medio de las avenidas.
Qué no me va a decir pobre Loyola, si él se fijó en el barro que muerde el borde de mis zapatillas, como una extensión de ese caminito de tierra que se desprende de la ruta y se hunde hasta la puerta del monte, hasta ese castillo que habito y que no sabe nada de baldosas de mármol y muebles de ébano. Es que las princesas pobres vivimos en fortalezas de adobe y tenemos una corte de lapachos y guayabos que hasta nos aplauden cuando el viento norte les abraza las ramas.
Ojalá pudiera explicarle a Loyola que yo estoy ahí porque a mí me dijeron que la educación salva y que yo creo que él también puede salvarse, aunque piense que no necesita nada más, que ya lo tiene todo. Ojalá pudiera hacerle entender que esa risa que hoy le llena la boca no es más que el miedo a que su reino de hoteles en la playa se encuentre con mi reino de niditos de hornero en la orilla del riachuelo.
Ojalá pudiera explicarle que con cada vuelta de pedal, se me muere un poco esa princesa a la que le prometieron que el mundo es un poco más amable con los que estudian. Quisiera contarle que yo sigo pedaleando, aunque me arda la gorra y más me arda la panza, que sabe más de miedo que de almuerzos. Es que a las princesas pobres les sirven eternos banquetes de mate cocido y pan con manteca.
Ojalá pudiera explicarle que yo soy la pobre porque las cosas que tengo se guardan en el alma, no en los bancos, y por eso no se ven. Quisiera que Loyola sepa que en mi alma también hay un lugar para él, porque quiero salvarlo. Es que las princesas pobres no entendemos de títulos nobiliarios, pero con el título de profesora y la corona de tela a veces alcanza para rescatar a los príncipes dormidos.

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