Árbol Gordo Editores

jueves, 10 de marzo de 2016

Hoy me desperté y tenía concha

Hoy me desperté y tenía concha.
Tremendo fue mi desconcierto al descubrirme ese espacio vacío entre las piernas. La carne ausente anticipaba miseria, porque bien sé que sin pito ya no tenía nada.
Llamé apurado a mi hermana y le expliqué como pude lo que me había ocurrido y le supliqué que viniera a casa y me trajera algo de ropa, porque todo lo que tengo es de hombre y también sé que mujer que viste camisas es lesbiana, nunca mujer.
Pasé un rato largo mirándome en el espejo. Tenía concha y tenía un par de tetas, redondas y suaves, de pezones oscuros. Todavía tenía la nariz ancha y los labios finos, pero mi hermana también había traído maquillaje y un tutorial en Youtube me enseñó a disimular esos rasgos que ninguna mujer debe tener. Me puse una falda, una blusa y zapatos altos; eso es lo que deben ponerse las mujeres.
Salí de casa apurado y después de dos cuadras los dedos de mis pies empezaron a machucarse. Quería calzarme un par de zapatillas, pero en la oficina todas las mujeres deben ir de tacos. No quería que mi jefe creyera que soy una mujer desalineada.
Tomé el 56 y atravesé la ciudad llenándome los ojos de carteles que mostraban mujeres que no se parecían a mí. Sentí pena por mis tetitas pequeñas que jamás tendrían el honor de vender un corpiño importado. Me acomodé el escote y escuché el click de la cámara de un oficinista que me encontraba lo suficientemente atractivo como para compartirlo en el grupo de Whatsapp de los pibes de fútbol. ¿Debía sentirme halagado? Mis tetas no venderían lencería, pero al menos le gustaba a algún degenerado. Le clavé la mirada más fiera que pude y me devolvió una sonrisa torcida y perversa y hasta se animó a sacar otra foto. El tipo que iba al lado le chusmeó la pantalla y también sonrió.
Llegué a la oficina y antes de que pudiera sentarme a laburar apareció mi jefe a pedirme que le preparara su café. Yo tenía trabajo pendiente, pero si alguien tenía que llevarle el café al jefe era yo (por eso los anuncios de empleo que piden asistentes y secretarias siempre buscan mujeres, porque son buenas atendiendo a los hombres.)
Salí a almorzar. Los muchachos que están construyendo la rampa del banco de la esquina y que siempre me piden un pucho, ahora me pidieron que les muestre la conchita rosadita. Dale, no seas mala, me dijo uno, y puso esa voz que ponemos los hombres cuando nos tocamos el pito porque estamos calientes. Me cerré la blusa hasta arriba y me enchufé los auriculares. Yo sé que gritaron un par de cosas más, pero sus voces ásperas quedaron silenciadas por la música y no sé por qué, pero me sentí más seguro.
Se hicieron las siete y corrí al shopping de Córdoba y Florida a comprarle un perfume a mamá para agasajarla por el Día de la Mujer. La piba que me atendió tenía cara de culo y pensé que cómo se nota que no necesita el trabajo, porque no me dedicó ni una sonrisa. Cuando me llevaba el perfume a la caja, la flaca me comentó que los tacos la estaban matando y que estaba parada desde las nueve de la mañana. También me dijo que hoy se había vendido mucho y que no tuvo tiempo de salir al mediodía y se había perdido el almuerzo que las chicas habían organizado para festejar. Luego, como volviendo al personaje, me dijo que tenía veinte de descuento con débito y que feliz día.
Mientras caminaba hacia Avenida de Mayo para tomar el colectivo se fue haciendo de noche. Unos recicladores urbanos que siempre paran sobre Maipú y que también suelen pedirme puchos me dijeron algo que no escuché (en mis auriculares sonaba Cerati) pero que entendí más o menos porque nadie pide un pucho con la mano en la bragueta.
Paré en el kiosco y el pibe que atiende me preguntó qué querés mami. Si yo fuera tu mami te hubiera abortado, pelotudo, pensé, pero no le dije nada. Además no podría haber abortado aunque quisiera, así que para qué iba a discutir. Tampoco le dije nada cuando me dijo chau hermosa, pero si hubiera tenido ojos en la nunca lo hubiera visto mirándome el culo cuando me di vuelta. No dije nada porque me dolían las piernas. Las piernas y un poco la cabeza. Y el yo. El yo me dolía un montón.
Hoy me desperté y tenía concha. Y fue el peor día de mi vida.

5 comentarios:

  1. Muy bueno... leeendaaaaa. Abrazo.

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  2. Me da una impotencia. Que paciencia las mujeres! Que brutalidad masculina!

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  3. Es excelente tu relato. Solo me hace ruido que los "piropeadores" sean prole nomas. Creo que en este tema en particular no hay mucha diferencia entre clases

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