Árbol Gordo Editores

jueves, 10 de marzo de 2016

La Norma

En la esquina de mi casa se juntaron los negros a pasarse una birra y hablar a los gritos. La luz pobre del alumbrado público muere en las viseras de sus gorras y entonces la sombra cae como un velo sobre sus ojos de pupilas dilatadas. Escuchá cómo gritan los negros, deben estar drogados. El porro les empasta la saliva y les seca la garganta, y ahí nomás se cruzan a lo de la Norma a comprar más cerveza. La Norma vende la cerveza más cara del barrio pero atiende hasta tarde porque es pilla. Ella sabe cuánta sed les da el porro. Demasiadas noches pasó la Norma espiando a los negros desde atrás de las rejas del kiosco.
Otra cosa que tiene caro la Norma es el helado. Revende una marca de Capital que al Claudio le gusta, entonces me mandó a que le compre medio kilo.
El portón chirrió cuando lo abrí y ahí dos de los negros se dieron vuelta y me miraron. Me puse el celular en la teta y cerré la campera. Uno dijo algo que no entendí pero por las dudas murmuré negros de mierda y sentí como la R en mierda me acariciaba el paladar.
Aplaudí dos veces hasta que escuché que la Norma se levantaba de la silleta de lona. De fondo sonaba la voz fingida de algún doblajista de novela brasilera. La luz de la pieza de al lado atravesaba un poco la sábana finita que habían puesto de cortina y a contraluz vi la silueta de la Norma, que es grandota, medio machorra.
-¿Que buscás?, me dijo.
-¿Helado te queda?
-¿El importado o el otro?
Me reí con la ocurrencia y respondí que el importado.
Mientras la Norma sacaba el balde del congelador aproveché para fichar a los negros, a ver si todavía justo se cruzaban a comprar cerveza.
-Estos están re dados vuelta, eh.
-¡Ah no!, dijo la Norma, y se rió.
-Como se ve que mañana no labura ninguno, comenté. El Claudio a las diez ya está mirando Tinelli en la cama. A las seis se levanta.
-Estarán de vacaciones-, aventuró la Norma.
-Vos sabés que estaba cruzando la calle y uno me dijo una grosería. Decí nomás que no entendí bien lo que dijo.
La Norma soltó el pote sobre una mesita de madera que tenía ahí y se vino para la ventana. Los miró fijo un rato largo y después me clavó los ojos a mí.
-¿Qué te dijeron?
-No entendí bien. No sé.
-No te dijeron nada, no mientas.
De golpe la Norma se puso seria y de verdad que parecía un hombre, hasta le bajé la mirada.
-¿Vos los conocés a esos pibes?, me patoteó.
-Mas vale, si están todos los días dándose enfrente de mi casa. Qué no los voy a conocer.
-Mirá, fijate ese que está allá, dijo la Norma y sacó el brazo entre las rejas. El que tiene la gorrita roja con las letras blancas. A ese le dicen Oreja. Hace seis meses uno que vive allá atrás del riacho le violó la hermana cuando iba para la escuela. Cuando el Oreja se enteró, todos los que vos ves ahí lo acompañaron a romperle la cabeza al tipo.
-Son peligrosos, comenté con un poco de miedo.
-Mirá aquel otro, el de remera anaranjada. Ese es el Luis, el hijo de la Chili. El Luis escribe las canciones.
-¿Qué canciones?
-Las canciones que cantan. Los pibes estos tienen una bandita de hip hop y a veces cantan a beneficio de la salita. Organizan eventos para juntar cosas. Cuando a la hermana del Oreja la violaron, el Luis escribió una canción que habla sobre por qué violar está mal. No quería que eso pase nunca más en el barrio. Ahora, cuando hacen una presentación, esa es la primera canción que cantan. Tienen miedo de que a otra le hagan lo mismo que a la piba esta. Ellos no te dijeron nada. No sabés bien lo que escuchaste pero por las dudas te atajás. Te dan miedo. ¿Alguna vez el Claudio te pegó?
-¿Y eso qué tiene que ver?
-Imaginate, si te faja el que amás, el desconocido siempre asusta. Yo a estos pibes los conozco. Se juntan para practicar las canciones ahí porque no tienen para la sala de ensayo. Toman cerveza y se fuman algo y no los vi pelear ni una sola vez. Son compañeros. El que más se cruza a comprar es el Pablito, el del short de River. Lo mandan a él porque todavía es pendejito. Dice que va a estudiar para médico para trabajar en la salita para que a la madre la atiendan bien. Es un cago de risa el pendejito. Y después está el otro, el Pilo. El Pilo vende sánguches en la estación. Dice que prefiere eso a tener que viajar colgado del tren todos los días hasta Capital para sentarse en una oficina careta a que lo humillen por dos mangos. Tiene principios el Pilo. ¿De qué querés?
-¿De qué quiero qué?
-El helado, qué va a ser.
-Ah. Medio de chocolate, respondí distraída.
Agarré la bolsa que me dio la Norma y murmuré un gracias. Algo me había quedado haciendo ruido en la cabeza. Estaba como ausente y crucé la calle y cuando pasé junto a los pibes los miré y les dije buenas noches. Buenas noches señora, me dijo el Pilo y los otros lo corearon. El chirrido del portoncito le avisó al Claudio que ya estaba volviendo. Se va a poner contento que le conseguí el helado. Me gusta cuando el Claudio está contento, me trata bien.

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