Árbol Gordo Editores

lunes, 16 de julio de 2018

El día que dejé de creerte



El día que dejé de creerte fue el día más triste de todos, porque ese día te me moriste un poco. Te me moriste en los brazos, que ya no te abrazaron nunca más.

Y antes de dejar de creerte, hubo un día que me permití la duda. Cómo te enojaste, ese día. Te enojaste tanto, que algo adentro mío se hizo chiquito. Te enojaste tanto que bajé la voz y te dejé escupir la furia de entre los labios y después hicimos silencio.

Vos esperabas mi fuego, y en cambio, te dije bajito: no te preocupes. Somos amigos. Me podés contar.

Y me contaste.

Me dijiste: es cierto, te mentí un poco.

Yo no me enojé, por eso celebramos. Cuánto hemos madurado, dijimos, embriagados por la complicidad que creíamos haber parido aquel lunes.

Después pasaron los días. Yo tomaba café y escribía canciones en el único bar que hay en Pampa del Infierno, mientras vos veías caer la noche a veinte kilómetros de Caparica.

Me decías que eras feliz y yo anotaba tus sonrisas en mi libreta y buscaba en las cuerdas, la música de esa carcajada tuya que cada día escuchaba un poco menos.

Yo me reía todavía, pero ocurre que a veces es más contagioso el silencio que la carcajada, y pronto acabamos teniendo conversaciones serias, de esas que dan ganas de colgar el teléfono y pensar en cosas más felices.

Nosotros nos queríamos demasiado como para dejarnos ir, y nos dolían cada vez más los brazos de tanto abrazarnos, mientras nuestras piernas y nuestros días y nuestros corazones se alejaban por caminos diferentes.

No nos hacía bien ese abrazo, que nunca empezaba, porque estabas lejos, y porque estabas lejos, tampoco acababa jamás.

Nuestras piernas seguían andando, se iban. Nuestros cuerpos se despedazaban en slow motion. Y vos y yo nos mirábamos a través de la cámara que nos hacía pensar que estábamos cerca, buscándonos en la mirada del otro, como un holograma negado, como el fantasma de alguien que no sabe que ha muerto.

Ahora lamento un poco haberme fijado tanto en tus gestos el día que me permití la duda y acabaste confesando la mentira.

Lamento haberme quedado viendo la forma de tu rostro mientras mentías, inclusive antes de confirmar de tus labios la ficción que me contabas.

Lamento haberme reencontrado con ese rostro el día que dejé de creerte.

El día que te me moriste en los brazos.

El día que los monstruos me ayudaron a entender la monstruosidad de una ficción estéril, disfrazada de abrazo, que nos despedazaba en secreto.

2 comentarios: