Árbol Gordo Editores

martes, 3 de julio de 2018

Los del asfalto



Por favor, te pido que no conviertas esto en una guerra entre policías y docentes, o entre religiosos y militantes por la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo, ni de fetos contra pibes de la calle contra pibes de Siria contra pibitas forzadas a parir contra niños criados por familias homoparentales y así, en círculos, hasta caer rendidos.

Cada persona es una pieza del engranaje de los kiosquitos personales de un grupo de ministros que brindan con cálices repletos de la sangre de los que discutimos allá abajo, en el esfalto, y eso lo sabemos todos, aunque después vengamos a anteponer salvajemente los propios modos en que la verdad se le enfrentó a ese espejo roto que es la propia historia.

Hay quienes dicen que todos nosotros, los del asfalto, tenemos un enemigo en común que es el diminuto grupo de poderosos que se han repartido el mundo. Y cuando digo diminuto no me refiero a la cantidad de miembros, sino a lo que son comparados con la fuerza que tendríamos los del asfalto si dejáramos de lastimarnos entre nosotros para llenarles de sangre las copas de tantos brindis infames. Hay quienes dicen, decía, que son enemigos; pero creeme cuando te digo que no son nada más que obstáculos que tienen el tupé de decirte cuánto vale tu vida y cuánto cuesta vivirla. Y si te parece que tu vida, que poco vale, cuesta demasiado, siempre podrán convencerte de que el culpable de lo que te falta es ese que sale por la tele con cara de malo.

Y el malo siempre resulta ser aquella o aquel que cuestiona los privilegios de los dueños del mundo y ahí nomás sale el pueblo a lincharle, porque el sistema le enseñó al pueblo las leyes que nos hacen a todos iguales y después lo convenció de que realmente lo éramos, y cada mañana la peonada blanca sale a matar peones negros para cuidarle a los reyes sus propiedades y sus animales y sus obispos, en este enorme ajedrez que es existir en sociedad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario