Árbol Gordo Editores

martes, 3 de julio de 2018

El día que el Árbol Gordo amaneció muerto



¿Te acordás el día que el Árbol Gordo amaneció muerto?

Esa noche, el viento nos había hecho abrazarnos como pudimos y al día siguiente, cuando salimos al patio, ahí estaba el árbol, tendido sobre el suelo, arrancado de la tierra por las garras de la tormenta. Vos estabas melancólico, te pusiste triste, pero no decías nada porque te habían enseñado que los hombres tristes son maricones.

Don Quintana dijo que había que cortar primero la copa, para ir llevando de a poco, y estuviste de acuerdo. Qué más daba en cuántas partes se llevaran el corazón de la casa. El cielo estaba gris y el Árbol Gordo estaba muerto sobre el pasto y Don Quintana le daba machetazos que le hacían temblar los brazos huesudos. Mil machetazos le dió Don Quintana al Árbol Gordo, y al árbol se le cayó el pelo y se le cayeron los nidos, las cuevas de madera donde dormían las arañas, las flores amarillas, las pelotas viejas y los barriletes.

Y el Árbol Gordo se puso de pie.

Así, sin más, librado de todo el peso, se levantó, cómo buscando el sol después de la tormenta, y cuando la primavera volvió, le florecieron las raíces que apenas se hundían en la tierra del patio que lo había parido.

Y si vos hubieses visto, si acaso pudieras recordar tus ojos el día que el Árbol Gordo se puso de pie, a lo mejor sabrías qué hacer ahora, que tus nidos y tus flores amarillas y tus barriletes no te dejan levantarte.

Por eso te cuento está anécdota, para que tu horizonte deje de ser perpendicular a tus ojos. Para que aguantes los machetazos que te devolverán el sol sobre la cabeza herida. Para que no tengas miedo de soltar los pájaros negros que habitan tus nidos, ni dejar ir las arañas de tus cuevas de madera. Para que tus raíces más profundas sigan aferradas a este patio que me late debajo de la piel.

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