Árbol Gordo Editores

martes, 3 de julio de 2018

La dictadura sucede



La dictadura no sucedió: sucede.

Está sucediendo.

Por cada pibe muerto a manos de los que defienden el orden, la dictadura sucede.

Por cada torta humillada a cintazos, la dictadura sucede. Late y lame y vibra, estridente, como un grito de alto ante ese peligroso vandalismo que es el amor sin miedo.

Por cada mina pobre que se muere en la clandestinidad que esconde la vergüenza de las ricas, la dictadura hace eco. Picanea las almas, las calmas, los sesos. Obliga a ser madre y condena a la hoguera a las que se niegan a parir esclavos vestidos de obreros.

Por cada tipo que llora escondido, la dictadura respira aire fresco, sus fuegos se llenan de viento, se elevan, se comen todas las humanidades, todo lo que pretende ser verdadero. Mantiene en secreto el deseo y lo cambia por un sueño chueco de saco y corbata y crédito.

Por cada colectivo que no le para al viejo de la silla de ruedas, la dictadura resucita, pisa al débil, atropella al ciego, vuelve para llevarse al resto de los que creen, para que aquí ya no crea nadie, porque no se crea donde no se cree, y qué miedo, qué miedo, le tiene la dictadura a lo distinto, a lo milagroso, a lo nuevo.

Porque la dictadura es: es ahora, es vestida de revolución de la alegría y es cívica y es eclesiástica y es almuerzo por TV mientras sobre las mesas del barrio ruedan rodajas de pan muerto. La dictadura es la libertad acribillada por la espalda, el reclamo ahogado que nada río arriba, la trava hecha un ovillo para que las trompadas no duelan, el paco y también el frasco de Mujercitas que intenta resucitar la infancia arrebatada de una piba que violaron y a la que nadie le creyó.

La dictadura es pulsión de muerte, y es, es ahora, es en este instante aunque digan que no es.

Es en este instante aunque la vistan de vedette, de viral, de ojos azul cielo y banda presidencial.

Es aunque la nieguen, aunque digan nunca más.

Es, porque los que la hacen ser todavía andan por acá.

Es, porque los que la hicieron, duermen más cómodos que los que piensan en los nietos que no están, en los hijos que llevaron para hacerles confesar el crimen de no ser cómplice de la barbaridad, del dolor que ya no importa, porque fue hace mucho, aunque nunca deje de pasar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario